angélique du coudray
la matrona que salvó miles de vidas con un útero de trapo
Angélique du Coudray fue la mujer que se empeñó en que nacer dejara de ser una ruleta rusa… y lo consiguió gracias a sus propias manos, un carácter indomable y un muñeco de trapo anatómico. Su historia mezcla ciencia, política, ambición y mucha estrategia en un mundo decidido a dejarla fuera del plano.
A mediados del siglo XVIII Francia tenía un problema incómodo del que casi nadie quería hablar en voz alta: demasiadas mujeres y bebés morían en el parto. En algunos lugares, una de cada diez mujeres embarazadas no sobrevivía al nacimiento de su hijo, y la mortalidad infantil se disparaba en las zonas rurales. Para una monarquía obsesionada con tener súbditos, soldados y heredero para todo, aquello no era solo una tragedia privada: era un asunto de Estado.
En 1759, Luis XV decidió hacer algo poco habitual: poner el futuro del reino en manos de una matrona. Encargó a Angélique Marguerite Le Boursier du Coudray, ya famosa en París por su pericia, que recorriera el país enseñando el “arte de dar la vida” a mujeres campesinas que nunca habían abierto un libro. Con sueldo de alto funcionario, carruaje oficial y carta firmada por el rey, se convirtió en algo inédito para la época: la “partera nacional” de Francia.
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Recreación de Angélique du Coudray con un bebé
ANGÉLIQUE DU COUDRAY: La mujer que aprendió a mandar desde la sala de partos
Angélique nació en Clermont-Ferrand, en el corazón de Auvernia, alrededor de 1712, en una familia vinculada al mundo médico, en plena Francia del Antiguo Régimen. Muy pronto entendió que si quería tener legitimidad en un mundo de cirujanos varones tenía que dominar su propio terreno mejor que nadie.
Se formó en París como “sage-femme jurée”, es decir, una matrona jurada y diplomada, una rareza en un gremio donde muchas aprendían solo por tradición oral. Pasó por instituciones prestigiosas como la maternidad de Port-Royal y la confrérie de Saint-Côme —la cofradía de los cirujanos—, y en 1739 obtuvo el título oficial que le abría la puerta a ejercer con respaldo institucional.
Ya instalada como matrona en París, se hizo un nombre entre pacientes y médicos, al tiempo que empezaba a chocar con un problema que aún hoy resulta familiar: los cirujanos querían apropiarse de la obstetricia, dejando a las mujeres fuera de la formación y de los puestos de prestigio. Cuando en los años 40 del siglo XVIII las escuelas de cirugía empezaron a cerrar sus puertas a las matronas, Du Coudray reaccionó con algo muy poco “sumiso”: lideró peticiones formales para obligar a la Facultad de Medicina a instruir también a mujeres, denunciando que negarse a formarlas era condenar a las madres a manos inexpertas.
CUANDO LAS ESCUELAS DE CIRUGÍA CERRARON LAS PUERTAS A LAS MUJERES, DU COUDRAY SE OPUSO.
Antes de ANGÉLIQUE DU COUDRAY: sangre, superstición y silencio
La Francia en la que Angélique empezó a ejercer estaba llena de ideas descabelladas sobre el embarazo que hoy nos harían temblar. Se creía, por ejemplo, que la leche materna era en realidad sangre menstrual que subía al pecho y cambiaba de color, algo que mezclaba teología, superstición y mucha desinformación.
En los partos se obligaba a muchas mujeres a mantener la ropa puesta, arrancando cualquier control higiénico posible, y cuando algo se torcía, la opción desesperada podía ser sacrificar al bebé para intentar salvar a la madre, o directamente resignarse y “dejarlo en manos de Dios”. Para colmo, la mayor parte de las parteras rurales no sabía leer ni escribir, aprendían de oído y repetían prácticas que nadie había contrastado científicamente.
Du Coudray entendió muy pronto que el problema no era “la ignorancia de las comadronas”, como decían algunos médicos, sino la falta de acceso a una formación clara, práctica y respetuosa con su realidad. Si se quería salvar vidas, había que enseñar mejor… pero también había que enseñarlo de otra manera. Te compartimos aquí un interesante vídeo sobre su fascinante historia (está en inglés):
La “Máquina”: el maniquí de trapo que revolucionó los partos
Aquí entra en escena el invento que la haría legendaria: la famosa “máquina”, un maniquí obstétrico de tamaño casi real hecho de tela, piel y esponjas, que reproducía el vientre, la pelvis y el canal del parto, con un feto de muñeco que podía colocarse en distintas posiciones. Todo un simulador del siglo XVIII, diseñado para entrenar y salvar vidas.
Du Coudray no lo creó de la nada: conocía modelos previos de París, como el del accoucheur Grégoire, pero los transformó en algo mucho más táctil, resistente y pedagógico. Añadió detalles sorprendentemente realistas para la época, como mezclas de telas que simulaban sangre y líquido, cordones umbilicales y placentas, y fue perfeccionándolos a medida que avanzaban sus cursos itinerantes.
Con este maniquí se podía practicar una y otra vez cómo rotar un feto mal posicionado, cómo reconocer un parto complicado antes de que fuera demasiado tarde o cómo evitar maniobras brutales que tanta mortalidad generaban. Se cree que creó centenares de máquinas, aunque solo se conserva un ejemplar (parcial) en museos franceses, convertida hoy en reliquia de la historia de la simulación médica.
“La Máquina”, de Angelique du Coudray
Una escuela sobre ruedas: 25 años de rutas y 30.000 alumnas
Cuando el rey le encargó su misión, Angélique ya había demostrado que sabía enseñar, pero lo que vino después fue un despliegue logístico monumental. Durante un cuarto de siglo recorrió Francia en carruaje, pasando por al menos 40 ciudades y un sinfín de pueblos perdidos entre campos, montes y caminos de barro.
Llegar a un pueblo significaba empezar una coreografía que repitió miles de veces: el párroco anunciaba la llegada de la “gran maestra del arte de los partos”, se reclutaba a parteras locales y mujeres jóvenes interesadas y se organizaban cursos intensivos de varias semanas con horarios pensados para compatibilizarlos con el trabajo doméstico. Muchas alumnas eran completamente analfabetas, así que los manuales, ilustraciones y, sobre todo, la máquina, se convirtieron en su vocabulario visual para entender qué pasaba dentro de sus cuerpos.
Las cifras impresionan incluso vistas con ojos actuales: se calcula que formó a más de 5.000 parteras directamente, aunque otras estimaciones hablan de hasta 10.000 estudiantes entre matronas y cirujanos en unas 70 localidades. Sumando los cursos para médicos, cirujanos y hasta veterinarios de la Escuela Real Veterinaria, pudo llegar a influir en la atención al parto de decenas de miles de mujeres en toda Francia.
Recreación de los materiales de una clase de Angélique du Coudray
Una pedagoga de vanguardia… una adelantada en el siglo XVIII
Si hoy se analizara el método de Du Coudray con gafas de marketing digital, tendría todas las claves: conocía a su audiencia, usaba lenguaje claro, contenido visual impactante y repetía su mensaje de manera constante. Su manual, Abrégé de l’art des accouchemens (1759), fue pensado para ser simple, directo y visual, con láminas en color que mostraban posiciones fetales, maniobras y pasos del parto de forma casi infográfica.
La estructura del libro respondía a una idea que hoy parecería obvia: para que la información se propague, debe ser comprensible, repetible y adaptable a diferentes contextos. Du Coudray diseñó su contenido para que las parteras pudieran recordar no solo el “qué”, sino el “cómo” y el “cuándo” de cada intervención: cuándo esperar, cuándo intervenir y cuándo pedir ayuda a un médico o cirujano.
Sus cursos no eran fríos ni distantes. En sus propias descripciones, insistía en que durante el parto había que consolar a la mujer en un tono alegre, que no inspire temor, evitar susurros que la alarmasen y hablarle de gratitud por haber llegado hasta ese momento con vida. Era una visión radicalmente distinta a la de tantos practicantes que trataban el cuerpo de las mujeres como un simple caso médico.
Recreación de uno de los manuales de Angélique du Coudray
¿Feminista estratégica o “un hombre más” por supervivencia?
En el patriarcado asfixiante del siglo XVIII, Angélique du Coudray eligió adaptarse al sistema en lugar de estrellarse contra él, una decisión pragmática que salvó vidas pero que hoy invita a una crítica profunda: ¿hubiera podido declararse feminista abiertamente sin que la aplastaran? La historiadora Nina Rattner Gelbart revela que no se veía como tal, sino que se imaginaba “como un hombre de acción”, cultivando alianzas con cirujanos poderosos y hablando de tú a tú con ministros para colarse en el club exclusivo de la obstetricia.
Sin embargo, esa adaptación coyuntural no borra su feminismo práctico de pionera: exigió reconocimiento para las parteras, dignificó su profesión frente a los médicos varones y formó a miles de mujeres en un campo que les negaban, demostrando que mejorar la vida de las suyas requería navegar las reglas del juego patriarcal sin romperlas del todo. En un contexto donde declararse "feminista" equivalía a invisibilizarse o peor, su estrategia la convirtió en la primera gran defensora de las matronas, abriendo grietas desde dentro para que generaciones futuras pudieran gritar más alto.
fue la primera gran defensora de las matronas
Resultados medibles: cuando la mortalidad dejó de ser “normal”
Más allá del relato épico del carruaje y la máquina de trapo, el impacto de Du Coudray se ve en lo que más le importaba: las vidas salvadas. Los registros que se conservan en diferentes provincias muestran que, después de su paso, la mortalidad materna e infantil en los partos descendía de manera significativa.
En cada aldea, las nuevas parteras formadas sabían detectar antes un parto complicado, evitaban maniobras peligrosas que antes se hacían casi por costumbre y aplicaban nociones de higiene y cuidado que hoy parecen básicas, pero que en su momento resultaban revolucionarias. Hubo oposición, por supuesto: algunos médicos se burlaban de que enseñara “con una muñeca”, y viejas matronas veían en sus cursos una amenaza a su autoridad tradicional.
Pese a los detractores, investigaciones posteriores del Estado confirmaron que su intervención había tenido excelentes resultados en todas las provincias por las que pasó. A finales de su vida, la mortalidad infantil estaba ya en marcado declive en buena parte del país, y la idea de que el parto debía ser un proceso acompañado, observado y mejorado había calado en la mentalidad médica francesa.
Viñeta que ilustra la pelvis de una mujer embarazada
Una muerte discreta y un olvido ruidoso
Angélique du Coudray murió en 1794 (otras fuentes hablan de 1789), con unos 75–80 años, justo cuando Francia explotaba en plena Revolución. El país que la había enviado en carruaje real por sus caminos se hundía entonces en la época del Terror, los títulos se abolían, las estructuras médicas se reorganizaban a golpe de decreto y la educación de matronas dejó de ser una prioridad política.
Su propia sobrina, que conocía bien el alcance de su obra, llegó a presentar un escrito ante la Asamblea Nacional para recordar a los nuevos líderes que el país le debía mucho a esa matrona que había salvado, entre otros, al futuro aristócrata La Fayette con un parto difícil. En respuesta, volvieron a aparecer enemigos como el médico Alphonse Leroy, que aprovechó la ocasión para ridiculizar a “las comadronas ignorantes” y mofarse del método de Du Coudray, reduciéndolo a “enseñar a dar a luz con una muñeca”.
Una investigación oficial le dio la razón a la sobrina en cuanto a la eficacia del sistema, pero los reconocimientos y las reformas que pedía nunca llegaron. Mientras tanto, la Revolución barrió muchas estructuras que habían permitido el trabajo de Angélique, y su nombre quedó sepultado bajo montañas de nuevos héroes, nuevas guerras y nuevos relatos nacionales… casi siempre masculinos.
con la revolución francesa, la educación de matronas dejó de ser una prioridad política.
El legado escondido en cada parto moderno
Que hoy se pueda hablar de parto humanizado, de formación reglada en obstetricia y de simulación clínica como herramienta básica tiene mucho que ver con el legado de una matrona del siglo XVIII que decidió que las manos podían aprender antes de que estuviera en juego la vida de alguien. En la historia de la simulación médica, Angélique du Coudray aparece ya como madre de la simulación obstétrica, una pionera que entendió que repetir, ensayar y tocar era tan importante como leer tratados.
Su máquina fue el antepasado directo de los sofisticados maniquíes actuales que hoy laten, sangran, “dan a luz” y permiten recrear emergencias sin poner en riesgo a pacientes reales. Y sus cursos itinerantes anticiparon la idea de que la medicina pública debía llegar también a los pueblos y a las periferias, no solo a las capitales y a los hospitales de élite.
Como tantas otras Mujeres en la Sombra, su vida demuestra que no siempre cambia la historia quien se presenta como revolucionaria, sino también quien sabe infiltrarse en el sistema, usar sus grietas y obligarlo, casi sin ruido, a cuidar mejor a los cuerpos de las mujeres. Cada vez que un parto termina bien gracias a una matrona bien formada, hay un poco de esa mujer que cruzaba Francia en carruaje, con un muñeco de trapo bajo el brazo y la decisión férrea de que nacer no debería ser una sentencia de muerte