IRENA SENDLER
La mujer que salvó a 2.500 niños del Holocausto y a la que se le negó el Nobel de la Paz
En octubre de 1943, la Gestapo detuvo a Irena Sendler. La llevaron a la prisión de Pawiak, en Varsovia, y la torturaron durante semanas. Le rompieron los pies. Le rompieron las piernas. Le preguntaron, una y otra vez, los mismos nombres y las mismas direcciones. Irena los sabía todos. Guardaba en la cabeza la identidad real de cada uno de los 2.500 niños que había sacado del gueto, los nombres falsos con los que ahora vivían, las familias que los acogían, los orfanatos donde se escondían. No dijo nada.
La condenaron a muerte. El día de la ejecución, mientras la llevaban al lugar donde iban a fusilarla, uno de los soldados (comprado por la red clandestina de Żegota) la dejó escapar. Al día siguiente, el nombre de Irena Sendler apareció en la lista oficial de polacos ejecutados. Pero ella seguía viva y siguió trabajando. En el libro “Los niños de Irena”, se recoge extraordinariamente su historia. Para algo más rápido, en este vídeo, se hace un excelente repaso:
Lo que irena sendler aprendió de su padre
Para entender a Irena Sendler hay que empezar antes de la guerra, en una pequeña ciudad llamada Otwock, a las afueras de Varsovia, donde creció junto a su padre Stanisław Krzyżanowski, médico. Era un hombre que trataba a quien se lo pedía, sin importar si podía pagar o si pertenecía a la comunidad judía, a la que muchos de sus colegas ignoraban sistemáticamente.
En 1917, cuando Irena tenía siete años, su padre murió de tifus. Lo había contraído de sus propios pacientes, los mismos que otros médicos se habían negado a atender por miedo al contagio. Tras su muerte, la comunidad judía de Otwock ofreció a su viuda ayuda económica para costear los estudios de la niña. Janina Krzyżanowska rechazó el dinero, pero Irena no olvidó el gesto.
Años después, cuando le preguntaban por qué había arriesgado su vida para salvar a niños que no eran suyos, ella respondía con una frase que no dejaba espacio para el heroísmo romántico: "La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”.
Noticia en el periódico a la muerte de Irena Sendler. Créditos: “Irena Sendler (1910-2008) RIP” por Jake, CC BY 2.0
No era una declaración de valentía. Era casi una descripción de algo obvio. Hacer lo contrario habría sido la anomalía.
En la universidad, ese mismo impulso le costó tres años de suspensión. Irena se opuso activamente al sistema de segregación que algunas universidades polacas imponían a los estudiantes judíos (obligados a sentarse en zonas separadas, en los llamados "bancos de gueto") y las autoridades académicas respondieron con una sanción. Fue su primera detención, en cierto modo. No sería la última.
“una persona necesitada debe ser ayudada de corazón”
Irena Sendler
Varsovia, 1940. El gueto más grande de Europa
Cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939, Irena tenía 29 años y trabajaba en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, gestionando comedores comunitarios para personas sin recursos. Llevaba ya años ayudando a familias judías a obtener documentación falsa para acceder a los servicios sociales, mucho antes de que existiera ninguna orden nazi que lo prohibiera.
En noviembre de 1940, los nazis crearon el gueto de Varsovia. Confinaron en un espacio de poco más de tres kilómetros cuadrados, rodeado de muros, a más de 400.000 personas. La sobrepoblación, el hambre y las enfermedades hacían que la mortalidad fuera brutal. En las calles había cuerpos. Los niños morían de hambre en las aceras. Una epidemia de tifus amenazaba con desbordarse.
Los nazis temían que una epidemia se extendiera más allá del gueto y afectara a la población alemana. Por eso toleraban que personal sanitario polaco entrara a inspeccionar las condiciones y controlar los brotes. Irena consiguió, junto con varias compañeras, credenciales de la oficina sanitaria que les permitían entrar y salir. Usó esos permisos para llevar comida, medicinas y ropa. Y para ver, con sus propios ojos, lo que estaba pasando dentro.
Lo que vio la convenció de que el único futuro posible para los niños del gueto estaba fuera de él.
Niños del Gueto de Varsovia. Imagen propiedad de: Męczeństwo, walka, zagłada Żydów w Polsce 1939–1945, Wydawnictwo Ministerstwa Obrony Narodowej, Warszawa 1960.
irena sendler: El arte de hacer desaparecer a un niño
Convencer a las familias no era sencillo. Entregar a un hijo a una extraña, con documentos falsos y una identidad inventada, significaba aceptar que quizás no volvería a verlo nunca. Muchos padres dudaban. Algunos se negaban. Irena no podía garantizarles nada, salvo que dentro del gueto el destino de sus hijos era la muerte.
A partir del verano de 1942, cuando los nazis iniciaron las deportaciones masivas al campo de exterminio de Treblinka (más de 280.000 personas enviadas en pocos meses) la duda dejó de existir para muchas familias. El gueto iba a ser liquidado. La pregunta no era si los niños sobrevivirían dentro, sino si tendrían alguna oportunidad fuera.
Irena y su red ,que llegó a incluir a decenas de colaboradores, en su mayoría mujeres, desarrollaron un repertorio de métodos para sacar niños sin que los guardias se dieran cuenta: ambulancias que los transportaban haciéndolos pasar por enfermos de tifus; sacos de patatas, cestas de basura, cajas de herramientas; ataúdes, con los más pequeños sedados para que no hicieran ruido; el primer tranvía de la mañana, cuando los trabajadores autorizados salían del gueto hacia sus empleos fuera; ótanos y cloacas en los edificios pegados al muro… y un largo etcétera.
Uno de los casos más documentados es el de Elżbieta Ficowska, un bebé de apenas cinco meses en julio de 1942. La sedaron, la colocaron en una caja de madera con agujeros para que pudiera respirar, y la escondieron en un cargamento de ladrillos que salía del gueto en un vagón. Sus padres murieron en el gueto. Elżbieta sobrevivió, fue criada por una mujer llamada Stanisława Bussoldowa, y años después se convertiría en una de las voces más conocidas de los niños salvados por Irena. Una cuchara de plata con su apodo de infancia (Elżunia) grabado fue el único objeto que la mantuvo unida a sus raíces.
Irena Sendler vestida de enfermera. Imagen propiedad de: Anna Mieszkowska, Prawdziwa historia Ireny Sendlerowej, Wydawnictwo Marginesy, Warszawa 2014.
Una vez fuera, los niños necesitaban una vida entera nueva: documentos de nacimiento falsos, nombres polacos, certificados de bautismo, familias que aceptaran acogerlos sabiendo que si los alemanes lo descubrían, toda la familia sería ejecutada. Irena coordinaba esa red de acogida con una precisión meticulosa, moviéndolos cuando un vecino sospechaba, buscando otro refugio, asegurándose de que los orfanatos religiosos, como el de Rodzina Marii en Varsovia o los conventos de monjas en Chotomów y Turkowice, recibieran a los que no tenían a dónde ir.
Y hacía algo más. Algo que revela todo sobre quién era Irena Sendler. Quería que esos niños, algún día, pudieran saber quiénes eran. Que pudieran recuperar su nombre, su historia, su familia si quedaba alguien de ella. Así que fue anotando, en pequeños trozos de papel, el nombre real de cada niño, el nombre falso con el que vivía ahora, la familia que lo acogía. Doblaba los papeles, los metía en frascos de vidrio, y los enterraba en el jardín de su vecina, justo enfrente de un puesto de control alemán.
guardó el nombre real de cada niño, para que un día pudieran saber quiénes eran
Octubre de 1943. La detención de Irena Sendler
Una trabajadora de una lavandería que colaboraba con la red fue descubierta por la Gestapo y, bajo tortura, delató a varios miembros del grupo. Uno de los nombres que dio fue el de Irena.
El 20 de octubre de 1943, la Gestapo llegó al apartamento de Irena de madrugada. Antes de que llamaran a la puerta, Irena tuvo tiempo de pasar los papeles con los nombres de los niños a una compañera. No cayeron en manos alemanas.
En la prisión de Pawiak, la sometieron a sesiones de tortura que le dejaron los pies y las piernas rotos de por vida. No habló. No dio un solo nombre, no reveló una sola dirección. Fue condenada a muerte.
Lo que ocurrió después mezcla, según las fuentes, el soborno y la providencia. Los miembros de Żegota, una organización secreta cuyo objetivo era rescatar y proteger a los judíos durante la ocupación nazi, consiguieron corromper al soldado encargado de llevarla al pelotón de fusilamiento. En el camino, el soldado la dejó escapar y le gritó en polaco: "¡Corra!". Al día siguiente, el nombre de Irena Sendler apareció en los listados oficiales de ejecutados.
Irena vivió el resto de la guerra con documentación falsa, bajo el nombre de Klara Dąbrowska. Y siguió trabajando.
Niños del Guetto de Varsovia. Imagen propiedad de: Warszawskie getto 1943−1988. W 45 rocznicę powstania, Wydawnictwo Interpress, Warszawa 1988.
El doble silencio de la posguerra
Cuando terminó la guerra, Irena desenterró los frascos del jardín de su vecina y entregó las listas al doctor Adolfo Berman, primer presidente del Comité de Salvamento de los Judíos Supervivientes. De los 2.500 niños cuyos nombres guardaban aquellos papeles, la mayoría no pudo encontrar a sus familias. Sus padres, sus madres, sus hermanos habían muerto en los campos de exterminio. Los niños que Irena había sacado del gueto eran, en muchos casos, los únicos supervivientes de sus familias.
Irena esperaba poder reunirlos con los suyos. No pudo. Y eso la acompañó el resto de su vida con una forma de dolor que ningún reconocimiento posterior pudo borrar del todo.
Lo que vino a continuación fue otro tipo de silencio. Polonia cayó bajo régimen comunista, y el gobierno soviético no tenía ningún interés en celebrar a una mujer que había sido miembro del Partido Socialista polaco y que además pertenecía a una red de resistencia con conexiones con el gobierno en el exilio. Irena fue vigilada, interrogada e intimidada por la policía secreta comunista durante años. Según el escritor Michał Głowiński (uno de los niños que ella misma sacó del gueto), el hostigamiento al que fue sometida provocó el nacimiento prematuro de su hijo Andrzej, que murió dos semanas después.
Su nombre desapareció de los relatos oficiales. En Polonia no se hablaba de ella. En el mundo, tampoco.
Retrato de Irena Sendler. Imagen propiedad de: Teresa Prekerowa "Konspiracyjna Rada Pomocy Żydom w Warszawie 1942-1945"
Kansas, 1999. Cuatro adolescentes y un periódico viejo
La historia de cómo el mundo volvió a saber quién era Irena Sendler empieza en un instituto de secundaria en el pequeño pueblo de Uniontown, Kansas, en 1999. Cuatro estudiantes de historia, buscando material para un proyecto sobre personas que habían hecho el bien en el mundo, encontraron en un periódico antiguo una referencia brevísima a una mujer polaca que había salvado a 2.500 niños del Holocausto. El nombre les era completamente desconocido. Decidieron investigar.
Lo que encontraron los dejó sin palabras. Y lo que hicieron con ello cambió el resto de la historia de Irena. Escribieron una obra de teatro — Life in a Jar ("Una vida en un frasco") — basada en su historia, y la representaron en su instituto. Luego en otros institutos. Luego en teatros. La obra viajó por todo Estados Unidos y acabó llegando a Polonia, donde fue representada delante de la propia Irena, que entonces tenía 90 años y hasta ese momento pensaba que nadie fuera de un círculo muy pequeño sabía lo que había hecho.
Uno de los chicos que participó en aquellas primeras representaciones recordaba que cuando le preguntaron a Irena qué sentía al ver su historia en escena, ella respondió que sentía que no había hecho suficiente. Que debería haber salvado a más.
"Solo hice lo que había que hacer. Debí salvar a más."
Irena Sendler en los últimos años de su vida. Fotografía: Mariusz Kubik / Wikimedia Commons (CC BY 2.5)
El Nobel que nunca llegó
En 2007, el gobierno polaco presentó a Irena Sendler como candidata al Premio Nobel de la Paz. Las autoridades de Auschwitz respaldaron la nominación describiendo a Irena como una de las últimas heroínas vivas de su generación, alguien que había "demostrado una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios frente a un mal de una naturaleza extraordinaria".
Pero el Nobel de la Paz de 2007 fue a Al Gore, por su labor de concienciación sobre el cambio climático. Irena fue nominada de nuevo en 2008. El Nobel de ese año fue al diplomático finlandés Martti Ahtisaari. Irena Sendler murió el 12 de mayo de 2008, en Varsovia, a los 98 años, de una neumonía. Murió sin ver reconocida oficialmente su incalculable labor.
¿Cómo es posible que una mujer que salvó 2.500 vidas a riesgo de la suya, que sobrevivió a la tortura de la Gestapo, que pasó décadas en el anonimato bajo dos regímenes que preferían que no existiera, que murió a los 98 años sin haber pedido nunca un reconocimiento que no fuera que sus niños pudieran saber quiénes eran, cómo es posible que esa mujer no tuviera un Nobel?
La respuesta no es sencilla. Y probablemente no sea solo una.
Tumba de Irena Sendler. Fotografía: Jake / Wikimedia Commons (CC BY 2.0)
Irena quiso que todos los niños que salvó supieran quiénes eran. Que tuvieran un nombre propio, una historia propia, un origen. Que no fueran solo supervivientes anónimos del horror sino personas con raíces, aunque esas raíces crecieran sobre tierra quemada.
Eso es lo que hace que la historia de Irena Sendler no sea solo la historia de alguien extraordinariamente valiente. Es también la historia de alguien que entendió que salvar una vida no es solo evitar que muera. Es también preservar quién es.
Si esta historia te ha llegado, compártela. Y si quieres que sigamos recuperando mujeres como Irena, puedes apoyar el trabajo de MELS invitándonos a un café. Cada historia tiene detrás horas de investigación que alguien tiene que hacer. Ese alguien somos nosotras.