Ernestina González
La bibliotecaria que le declaró la guerra a Franco desde Nueva York (y casi gana)
Hay mujeres que se convierten en leyenda por un gesto. Y hay mujeres que se pasan media vida construyendo barricadas con palabras, organizando marchas, arengando en teatros llenos, desafiando al FBI, plantando cara a la caza de brujas de McCarthy y exigiendo en voz alta lo que los gobiernos democráticos preferían ignorar. Ernestina González era del segundo tipo.
Nacida en 1896 en Medina de Pomar, una pequeña ciudad de la provincia de Burgos, murió en Madrid en 1976, con 80 y sin que casi nadie supiera quién había sido. Fue de las primeras universitarias españolas. Alumna de Unamuno, compañera de Victoria Kent, amiga íntima de Lorca, Buñuel y Dalí... Pero también bibliotecaria del Estado, propagandista antifranquista en el exilio neoyorquino, locutora de radio, organizadora de la primera gran marcha de mujeres hispanas sobre Washington, la única española llevada a juicio por el Comité de Actividades Antiamericanas… Ella lo fue todo. Y aun así ha terminado como casi todas: borrada.
Hasta que la catedrática asturiana Ana María Díaz Marcos, profesora de Literatura Española en la Universidad de Connecticut, tropezó con su nombre en un archivo y decidió que eso no podía seguir así. Este artículo está íntegramente basado en su maravillosa investigación en forma de libro, Ernestina González, un pulso antifranquista, de la Editorial Renacimiento. Puedes encontrarlo AQUÍ
Portada del libro de Ana María Díaz Marcos, “Ernestina González, un pulso antifranquista”, de la Editorial Renacimiento
Ernestina González: una mujer de su tiempo, que se negó a serlo
Para entender a Ernestina González hay que entender primero el abismo que existía entre lo que se le permitía a una mujer en la España de principios del siglo XX y lo que ella decidió hacer con su vida de todas formas.
En 1910 las españolas podían acceder por primera vez, sin restricciones formales, a todos los niveles educativos. Sin embargo, más del 65% de las mujeres eran analfabetas y las universitarias se contaban con los dedos de las manos. El ambiente en las aulas no era precisamente acogedor: en 1911, poco antes de que Ernestina llegara a Madrid, la prensa recogió el acoso organizado de un grupo de estudiantes a seis compañeras de la Universidad Central. No era una anécdota aislada. Era el clima.
Ernestina lo hizo igualmente. Estudió Filosofía y Letras en Salamanca, donde tuvo como profesor a Miguel de Unamuno (un buen amigo de la familia) y aprobó las oposiciones al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Su hermana María Luisa también lo haría. Ambas pertenecen, con toda propiedad, a la Generación del 27: no como musas ni como figuras de segundo plano, sino como parte activa de ese grupo extraordinario de intelectuales que durante una década corta y brillante hicieron de Madrid una de las capitales culturales de Europa.
Ernestina González con otros integrantes de la Orden de Toledo, como Buñuel, Moreno Villa y Dalí. Residencia de Estudiantes.
En Madrid vivió en la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, y el contrapunto femenino de la célebre Residencia de Estudiantes. Desde allí, conectó con el mundo que la rodearía durante años: Federico García Lorca llegó a Madrid en 1919, el mismo año que Ernestina ingresó en la Residencia, y fue íntimo amigo suyo y de su hermana. Salvador Dalí, Luis Buñuel, Pepín Bello, Juan Vicéns... Los mismos que iban al Prado a que Dalí les explicara los cuadros, que llenaban los cafés del Paseo de la Castellana para discutir sobre lo humano y lo divino, que improvisaban representaciones en el patio de la Posada de la Sangre, en Toledo, mientras Dalí hacía dibujos en las paredes que la dueña cubría de cal en cuanto se iban.
Era, según recordaba la propia hermana de Ernestina, una época alegre, optimista y despreocupada. En realidad, como dice Ana María Díaz en su libro “estaban sentados sobre un volcán sin darse cuenta de ello”.
Nueva York, primer acto
En 1926, Ernestina viajó por primera vez a Estados Unidos como lectora de español en la Universidad de Lincoln, en Nebraska. Era la primera de varias estancias que irían conformando, sin que ella lo planeara del todo, una nueva vida al otro lado del Atlántico.
En 1929, durante una de sus frecuentes visitas a Nueva York, encontró a otro amigo de su pandilla madrileña: Federico García Lorca, que ese mismo año escribiría Poeta en Nueva York. La ciudad era entonces un hervidero cultural y político, y para Ernestina representaba algo que España no podía ofrecerle todavía en la misma medida: espacio. Allí se dedicó a escribir para La Prensa, uno de los principales periódicos en español de la ciudad.
En 1932 conoció a Leo Fleischman, un ingeniero de minas de familia acomodada con quien se acabaría casando. Contrajeron matrimonio en Queens y en 1933 se mudaron juntos a España.
Lo que vino después, cambió todo.
Durante la Revolución de Asturias de 1934, Leo no solo ejerció de corresponsal para varios periódicos estadounidenses sino que apoyó económicamente a los mineros sublevados. El matrimonio, siempre de ideas progresistas, adoptó posturas cada vez más radicales a medida que la represión se endurecía. Cuando estalló la guerra en 1936, Leo se alistó como voluntario en el Quinto Regimiento. Ernestina, por su parte, realizaba trabajos humanitarios con las mujeres afectadas por el conflicto.
Leo Fleischman murió en octubre de 1936 a causa de una explosión en una fábrica de municiones donde aplicaba sus conocimientos técnicos para la causa republicana. Tenía 47 años. Se convirtió así en el primer voluntario norteamericano fallecido en la guerra civil española.
La muerte de Leo fue un impacto brutal en su vida, pero también un motor. Ernestina se volcó en cuerpo y alma en el activismo en favor de la República: contra el fascismo primero, contra Franco después y siempre en defensa de la democracia. Lo personal se volvió, literalmente, político.
Ernestina González a su llegada a Nueva York en 1936. People´s World, Biblioteca Tamiment (NYU).
Ernestina González: La voz de ametralladora que llenaba teatros en Manhattan
Poco después de enviudar, Ernestina se instaló en Nueva York acompañada de Pauline, la madre de Leo, con quien compartiría años de activismo y de vida cotidiana. La ciudad era entonces epicentro del antifascismo en Estados Unidos: con siete millones de habitantes, era el principal puerto de entrada de emigrantes y se convirtió de inmediato en el centro neurálgico del activismo prorrepublicano. Miles de celebraciones, manifestaciones, eventos culturales, mítines y recaudaciones para apoyar a la España leal.
El 19 de diciembre de 1937 pronunció en el Teatro Royal Windsor de Manhattan un discurso titulado Mujeres a la lucha. El texto se publicó en La Voz, el periódico republicano que existió en Nueva York entre 1937 y 1939, y fue el hilo del que tiró la historiadora Ana María Díaz Marcos décadas después, al preguntarse: “¿quién era esa mujer que llenaba teatros pronunciando discursos incendiarios?”. El periodista Joseph Starobin la describiría como alguien que hablaba con una "voz de ametralladora". El propio Starobin compararía explícitamente su estilo en las ondas con el de una metralleta. La prensa lo bautizó así porque Ernestina no oraba: atacaba. Argumentaba, acusaba, movilizaba.
Ernestina no llegó como refugiada pasiva. Llegó con una misión.
En sus discursos habló del heroísmo de las españolas durante la guerra, de cómo se habían hecho cargo de las fábricas, abierto talleres y reclutado a miles de mujeres para el esfuerzo republicano. Describió con detalle y con datos lo que el fascismo significaba específicamente para las mujeres: el fin de las escuelas mixtas fundadas por la República, el fin del derecho al voto y al divorcio conquistados apenas unos años antes, el retroceso a un modelo en el que las únicas opciones para una mujer eran, como resumía con ironía devastadora un texto de la época, casarse, quedarse soltera o meterse monja. Ernestina no aceptaba ninguna de las tres.
Su discurso favorito tenía una estructura repetida: la República española combatía también por ellos, por los norteamericanos, por la democracia occidental. Si la España leal caía, la siguiente sería Europa. Si Europa caía, el siguiente sería Estados Unidos. Como el propio devenir de los hechos confirmaría, la guerra civil española fue ensayo y antesala de la Segunda Guerra Mundial.
Ernestina a la izquierda, el día de la manifestación de mujeres en Washington en abril de 1938. Rare Book & Manuscript Library, Universidad de Columbia.
Tres mil mujeres hacia Washington: cuando las hispanas dijeron basta
En abril de 1938, Ernestina González encabezó en Washington una marcha de aproximadamente tres mil mujeres hispanas que reclamaban al Departamento de Estado el levantamiento del embargo de armas que privaba al gobierno republicano español de defenderse. Las pancartas lo decían sin rodeos: "Por la paz en este país y la paz en el mundo: Vended armas al gobierno español", "Una cristiana no puede ser fascista", "Si permitimos que Alemania e Italia masacren a España nos convertimos en cómplices de sus crímenes".
La bandera de la República española era ese día casi tan prevalente como la norteamericana. La ciudad desbordaba energía antifascista. Y al frente de todo aquello estaba una mujer menuda, de Medina de Pomar, que a nadie que no la hubiera escuchado hablar le hubiera parecido capaz de mover tres mil personas hasta la capital federal.
Fue, en palabras del propio libro de Díaz Marcos, un ejemplo pionero de activismo de las mujeres. Décadas antes del movimiento de derechos civiles. Décadas antes de que las marchas sobre Washington se convirtieran en parte del imaginario político norteamericano. Pero, con todo y con eso, nadie la recuerda.
El FBI, la radio y la caza de brujas
Ernestina no era solo una oradora. Era también periodista, profesora y directora de radio. En 1943 empezó a colaborar con el semanario progresista Pueblos Hispanos, donde publicó artículos críticos con el régimen franquista. Un año después, en 1944, fundó y dirigió el programa de radio La voz de España combatiente, que comenzaba con el himno de Riego y emitía desde la sede del Partido Comunista en Nueva York. El programa siguió en antena al menos hasta 1950. Ya entonces la perseguía el FBI, lo que la llevó a adoptar el seudónimo Milagros Ramos.
Colaboró estrechamente con la Junta de Ayuda de los Refugiados y de la República Española (conocida como JAFRC), una organización que entre sus miembros honorarios contaba con Pablo Picasso y Dorothy Parker, y entre sus patrocinadores con figuras como Albert Einstein, Dalton Trumbo y Orson Welles. Ernestina era miembro ejecutivo desde la fundación.
En diciembre de 1945, el Comité de Actividades Antiamericanas, el infame organismo que lideró la caza de brujas del macartismo, citó al comité ejecutivo del JAFRC y exigió la entrega de toda su documentación. Se declaraba convencido de que la organización se dedicaba más a la propaganda política que a la ayuda humanitaria. El mismo comité que, significativamente, no se interesó en investigar al Ku Klux Klan porque consideraba que esa organización no representaba valores antiamericanos.
Cinco mujeres del comité se negaron a cooperar. Fueron Ernestina González, Helen Bryan, la abogada Ruth Leider, Marjorie Chodorow y la sindicalista Charlotte Stern. Las cinco fueron a juicio. Las cinco se convirtieron en las primeras presas políticas estadounidenses desde las sufragistas. Ernestina González se convertía en la única española llevada a juicio por el Comité de Actividades Antiamericanas.
Ernestina González en la ONU al lado del Presidente de la República Española en el exilio, José Giral. Ted Batchellor, Rare Book & Manuscript Library, Universidad de Columbia.
México y el sueño que no llegó
La presión del FBI, el ambiente de paranoia anticomunista de la Guerra Fría y la creciente hostilidad hacia cualquier persona de izquierdas en Estados Unidos empujaron a Ernestina a tomar una decisión. México no pedía pasaporte a los norteamericanos que cruzaban la frontera, el coste de la vida era asequible, y allí había una comunidad de exiliados republicanos que seguía soñando con el retorno de la democracia a España.
Ernestina se fue a México. Siguió escribiendo, con un tono duro en el que convivían el antifascismo, el antiimperialismo y un feminismo que sus biógrafos han descrito como pacifista y maternalista. Publicó en la revista Mujeres Españolas. Siguió activa.
En 1955 sufrió una de las más amargas desilusiones de su vida: España ingresó en Naciones Unidas, y muchos exiliados sintieron como una traición el apoyo de la Unión Soviética a esa admisión. El sueño de la reconquista (no la medieval, sino la republicana), el retorno de la democracia a España, se alejaba de nuevo.
Aún así, en 1959 Ernestina González decidió volver a España.
Manifestación de mujeres liderada por Ernestina González. Citar: Rare Book and Manuscript Library, Columbia.
El pulso que ganó, la historia que perdió
Lo que hizo a su regreso fue, a su manera, tan extraordinario como todo lo anterior. Se presentó ante la Administración franquista y exigió que declararan depuradas sus posibles responsabilidades, que la restituyeran como bibliotecaria del Estado y que reconocieran su antigüedad como funcionaria y todos los derechos adquiridos durante su largo exilio. Lo consiguió a los 69 años, aunque con inhabilitación para cargos directivos y de confianza. Pasó por la Inspección General de Archivos y luego por las Bibliotecas Populares, y se jubiló apenas un año después.
Pero la pelea no terminó ahí. Exigió también una reparación económica por su cese en 1939 y los trienios acumulados durante décadas de exilio. En 1972, el Tribunal Supremo admitió sus peticiones. Ernestina González ganó ese pulso contra el franquismo. En sus propios términos, ante sus propios tribunales, sin renunciar a nada.
Murió en Madrid en 1976, a los 80 años. Unos meses después de morir Franco. El año en que España empezaba a respirar.
Nadie le hizo un funeral de Estado. Nadie pronunció su nombre en el Congreso. Su figura permaneció en el olvido durante décadas, confundida a veces, según señala Díaz Marcos, con la poeta Ernestina de Champourcín, como si el sistema necesitara convertir incluso su borrado en un error administrativo.
Fragmento de foto de Ernestina González con pancarta. People´s World, Biblioteca Tamiment, NYU.
Ernestina González, ¿por qué no la conocemos?
La pregunta no es retórica. Tiene respuesta, y la respuesta es incómoda.
Ernestina González fue mujer, bibliotecaria, comunista, exiliada y la persona que más duramente combatió al franquismo desde el exterior durante dos décadas. Cuatro de esas cinco condiciones han sido, históricamente, suficientes para que la memoria oficial de la Transición mirara hacia otro lado.
El relato de la reconciliación nacional que construyó la democracia española tenía poco espacio para las voces que nunca habían parado de gritar. Era más cómodo recordar a quienes habían aceptado alguna forma de silencio, alguna forma de olvido pactado. Ernestina no había aceptado ninguna. Había peleado hasta los 72 años ante el Tribunal Supremo y había ganado.
Eso no encaja bien en el relato de la víctima agradecida. Y a la historia oficial le cuesta gestionar a las mujeres que no necesitan ser rescatadas porque llevan décadas rescatándose solas.
Hay además algo más específico: Ernestina González operó en un espacio que la historiografía española tardó mucho en considerar relevante: el exilio norteamericano. El exilio en México, en Francia, en la Unión Soviética, tenía más peso en el imaginario. Nueva York quedaba lejos, geográfica y simbólicamente. Y sin embargo, desde Nueva York Ernestina llenó teatros, organizó marchas, dirigió programas de radio, publicó en varios periódicos y se plantó ante el Comité de Actividades Antiamericanas sin ceder.
Su rastro se había perdido en parte porque su nombre sufrió variaciones a lo largo del tiempo (González, Fleischman, Ramos) y en parte porque la mayor parte de su actividad está documentada en archivos norteamericanos que durante décadas nadie tuvo el impulso de cruzar con su nombre. Fue la labor de años de investigación de Ana María Díaz Marcos la que recompuso el puzle, pieza a pieza, archivo por archivo, de Connecticut a Madrid.
El temor de Manuel Vicéns (cuñado de María Luisa y parte de aquel grupo inseparable de la Residencia de Estudiantes) de ser la última persona que recordaba a Ernestina, a Leo y a Pauline, se disuelve ahora con este libro. Pero que la recuperación de una figura de esta dimensión haya dependido de que una investigadora individual decidiera no rendirse dice algo sobre el estado de nuestra memoria histórica que no es precisamente tranquilizador.
La investigadora Ana Díaz Marcos, con su libro sobre Ernestina González.
La mujer que lo dio todo
Hay una frase del libro de Díaz Marcos que resume a Ernestina González mejor que cualquier paráfrasis: "Querer la victoria, desearla, no es bastante: es necesario trabajar para la victoria.” Es una cita que ella misma usaba, que la describe perfecta y exactamente.
Porque eso fue lo que hizo durante 40 años: trabajar. Escribir, hablar, organizar, marchar, resistir, volver, pelear ante los tribunales y ganar. Sin rendirse nunca ante un régimen que había durado casi cuatro décadas y ante el que muchos, con razones completamente comprensibles, habían optado por el silencio o por el olvido.
Ernestina González fue bibliotecaria, profesora, periodista, locutora, activista y líder. Fue alumna de Unamuno y amiga de Lorca. Fue la mujer que llenó teatros en Manhattan y encabezó marchas en Washington. Fue la única española que se sentó en el banquillo del Comité de Actividades Antiamericanas y no se dobló. Fue la funcionaria que a los 69 años le exigió a la dictadura que reconociera lo que le debía y lo consiguió.
Y fue, durante décadas, completamente invisible.
Su nombre merece pronunciarse. Su historia merece contarse. No como curiosidad, no como nota a pie de página, sino como lo que es: uno de los relatos más apasionantes y más injustamente silenciados de la resistencia antifranquista.
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